miércoles, 23 de julio de 2014

Tríptico del canibalismo



I


[El general Butt Naked, convertido en predicador]


Liberia, 1999. El norte del país es invadido por un grupo rebelde apoyado por el Gobierno de la vecina Guinea. El objetivo es hacer caer del poder a Charles Taylor, que había ganado las elecciones después de una guerra civil que él mismo había comenzado cuando sitió la capital, Monrovia. La invasión genera un nuevo conflicto armado, el segundo en apenas una década. El país estalla. Por todos lados comienzan a surgir señores de la guerra que tratan de conseguir su cuota de poder para seguir traficando con armas, con drogas y con personas. Liberia se convierte en un infierno, aunque en realidad nunca ha sido otra cosa. Los señores de la guerra pronto son mucho más poderosos que el ejército del Estado. Los dos asesinan, secuestran, violan, saquean y mutilan, pero los segundos han comprendido mucho mejor los resortes internos del capitalismo. Esos resortes que permiten explotar a niños en minas de diamantes drogándolos con cocaína insertada directamente en el cerebro. Los que premian a los emprendedores que trafican con personas. Los que te hacen rico y poderoso.

Los señores de la guerra creen en el capitalismo, pero también creen en muchas otras cosas. Creen en el canibalismo, en la sangre, en la ingestión del cuerpo del enemigo. En la oscuridad que hay en los recovecos de las vísceras, en la pureza de los niños, en las sustancias que entran en el cerebro y lo hacen pedazos, en los ritos sagrados. El general Butt Naked, uno de los señores de la guerra más poderosos de Liberia, oficiará ceremonias que le permitirán ser inmune a las balas. En ellas, cogía niños menores de seis años, les abría una herida por la espalda y les sacaba el corazón mientras estaban todavía vivos. Después se lo comía y se embadurnaba el cuerpo con la sangre todavía caliente. Peleaba desnudo porque la sangre y las vísceras protegían de las balas.




II


[Enriqueta Martí]


Es 1999 pero podría ser cualquier otro año. En realidad la fecha no importa. El tiempo no es lineal, avanza y retrocede mediante la repetición de ritos. Comer vísceras de niños para alcanzar algo de su pureza, para evitar la vejez, para ser inmune a la muerte. Podría ser, por ejemplo 1912. Estamos en una Barcelona enterrada en pólvora y dinamita, pero los atentados anarquistas y los tiroteos de los sicarios enviados por la patronal no son las únicas sombras que acechan en la oscuridad de los callejones. Las bombas estallan, los cadáveres de los poderosos crecen en las aceras, las alcantarillas se llenan de murmullos. Es el 27 de febrero de 1912 y el brigada Ribot, miembro de la policía municipal de la ciudad, se encuentra frente a la puerta del número 29 de la calle de Ponent. Una vecina ha denunciado que en ese piso está Teresa Guitart Congost, una niña de diez años que lleva varios días desaparecida. No era el primer niño que desaparecía en el Raval, pero qué importaba, eran pobres, los pobres ni siquiera saben cuántos hijos tienen, los habrán mandado a pedir. Cuando los policías entran en el piso lo que ven es mucho peor de lo que se habían imaginado. Hay dos niñas en lugar de una y las dos llevan el pelo rapado y la ropa hecha jirones. La segunda niña, llamada Ángela, cuenta que ha visto cómo la dueña asesinaba a un niño en la mesa de la cocina. Cómo le inmovilizaba, le clavaba un cuchillo y recogía su sangre en una palancana.

Fuera estallan las bombas, pero el infierno está allí dentro. Ribot inspecciona el piso y se encuentra con el horror. En un cuarto cerrado con llave hay decenas de jarras, frascos y cubos que conservan restos humanos de todo tipo: sangre coagulada, grasa hecha manteca, esqueletos enteros, cráneos agujereados. Detrás de las paredes y en los falsos techos duermen decenas de cadáveres, todos de niños de entre tres y seis años. La casa es un enorme cementerio. Durante años, la dueña, Enriqueta Martí, se había dedicado a secuestrar y asesinar niños que luego emparedaba en los muros y los techos de las propiedades que tenía repartidas por toda la ciudad. Como si repitiese algún rito.

Pero aquella no sería la única sorpresa que aguardaba en el piso de la calle Ponent. En medio del horror había un papel escrito a mano, una lista que contenía los nombres de las familias más ricas e influyentes de Barcelona. Un listado de clientes. Los poderosos compraban ungüentos y pociones a Enriqueta para mantenerse jóvenes y sanos. Los ricos se comían a los hijos de los pobres. Las autoridades evitaron que el contenido de la lista trascendiera a la prensa, pero los rumores decían que en ella había políticos, médicos, empresarios, banqueros. La versión oficial dijo que era solo un listado de las familias a las que Enriqueta mendigaba, pero los murmullos que se oían en la calle eran muy distintos. Los que los pronunciaban había visto a Enriqueta salir de noche con joyas y vestidos de lujo, montarse en coches de caballos y dirigirse a la zona rica de la ciudad. De hecho, esos vestidos y esas joyas fueron encontrados en los pisos de Enriqueta, todos de su talla.

La asesina fue detenida y encarcelada, pero las autoridades nunca investigaron aquellas listas ni aquellos rumores. La semana trágica bullía todavía en las alcantarillas de la ciudad, pesaba en el ambiente como una neblina densa y pegajosa que lo anegaba todo. Las autoridades tenían que acallar aquel murmullo insistente que susurraba en los oídos de los pobres que los poderosos no solo les explotaban hasta la extenuación en los talleres y las fábricas, sino que también secuestraban, asesinaban y devoraban a sus hijos.




III


[soldados japoneses con prisioneros de guerra]



 Los ritos se repiten, el tiempo retrocede y avanza de forma caótica. La sangre y las vísceras que dan la salud, que curan la enfermedad, que alejan la muerte unos instantes. Los suficientes para sobrevivir a una guerra, para volver a casa y guardar silencio. Nueva Guinea, 1944. El ejército japonés está perdido en un país extraño y terrorífico. Sus líneas de suministros han sido cortadas por los aliados y los soldados se mueren de hambre. Pero por qué morir de hambre si tienes prisioneros, si su carne sabe como cualquier otra, quizá algo más dulce, pero carne al fin y al cabo.

El soldado indio Lance Naik Hatam Ali (más tarde ciudadano de Pakistán), testificó que en Nueva Guinea: “los japoneses empezaron a seleccionar prisioneros y todos los días uno era llevado fuera, asesinado y comido por los soldados. Personalmente, vi que esto ocurría y alrededor de 100 prisioneros fueron comidos en el mismo lugar por los japoneses. El resto fuimos trasladados a otro lugar a 80 kilómetros  de distancia, donde 10 prisioneros sucumbieron a las enfermedades. Allí, los japoneses nuevamente empezaron a seleccionar prisioneros para comérselos. Los escogidos eran llevados a una choza donde se separaba la carne de sus cuerpos mientras estaban vivos y, luego, eran tirados a una fosa donde más tarde morían.”

Pero el canibalismo no era producto solo del hambre y la desesperación. Después de la II Guerra Mundial, el Estados australiano inició una investigación para esclarecer la muerte de varios soldados de esa nacionalidad que habían sido hechos prisioneros por el ejército japonés. Los resultados de la investigación nunca salieron a la luz. La realidad era demasiado terrible, y aquellos documentos cogieron polvo en algún sótano del Ministerio del Interior. Décadas después, en los años noventa, el historiador japonés Yuki Tanaka encontró esos archivos mientras realizaba una investigación sobre el papel de las tropas japonesas en la contienda. Allí, entre decenas de documentos clasificados, otra vez el mismo rito, perfectamente documentado. Los soldados japoneses habían practicado el canibalismo, se habían comido a los prisioneros. Había declaraciones de testigos que afirmaban haber visto esta práctica con sus propios ojos, haber presenciado cómo los soldados japoneses devoraban soldados enemigos muertos y utilizaban a los vivos como ganado humano. Según Yuki Tanaka no eran simples casos aislados, sino que "el canibalismo era a menudo una actividad sistemática conducida por escuadrones enteros y bajo la dirección de oficiales". Esta misma tesis sería confirmada solo unos años más tarde por el historiador Antony Beevor, que investigó los archivos australianos y los contrastó con documentos desclasificados por el gobierno estadounidense. En ellos, se confirmaba que el ejército japonés había utilizado a prisioneros de guerra como ganado humano, manteniéndolos con vida solo para ser asesinados y devorados de uno en uno, como parte de “una estrategia militar sistemática y organizada.”

Comer la carne del enemigo, protegerse de las balas, alejar la muerte, repetir el rito. Murmullos que susurran al oído, vísceras que hablan de la oscuridad que todos llevamos dentro. 

jueves, 17 de julio de 2014

Primer día de experimento: Moscú, la Lubianka, Dora y Discipline


[La Lubianka, en una foto de 1925]



Ellos no saben nada, ellos no te han visto caer de la ventana de Lubianka donde aullabas como aúllan las comadrejas en el parto de la noche. Ellos no te han visto caer de la Lubianka el 7 de mayo de 1925, no te han visto ser arrojado, no han visto tu cabeza estrellarse contra el suelo. Ellos creen saberlo todo de la violencia pero no saben nada porque nunca han sentido latir a la violencia en sus manos ni siquiera han tocado nunca una pistola. La violencia es sagrada, la violencia es sagrada, por eso todos las ansían con desesperación. Ellos no te han visto asesinar con tus propias manos a los veintisiete caimanes que llevaba prendidos en el pelo ellos no te han visto hermoso, violento, adolescente. Ellos no te han visto desobedecer al partido porque no importa nada más que la muerte no lo entienden pero no importa nada más que la muerte ellos no te han visto despreciar la revolución. Ellos no te han visto dibujando los planos de Petrogrado sobre la piel de mi brazo amándome con la fuerza de algún extraño fenómeno natural haciendo que nuestros cuerpos se atraigan de una forma casi cósmica. Eres tan hermoso que Moscú no puede soportar tu belleza y manda a sus perros tras tus pasos eres tan hermoso que nadie puede soportar tu belleza eres el ángel que debe exterminar la belleza del mundo. Ellos no te han visto manejando las formulas alquímicas del incendio asesinando al marido de tu amante cayéndote por las calles de París con los alcoholes de la absenta empapando tus pulmones. Eras tan hermoso con los ojos llenos de nieve con los ojos llenos de atentados celestes con los ojos llenos de muerte. Eras tan hermoso que no pudieron soportar tu belleza y te arrojaron desde la ventana como se arroja a los ángeles y yo ese 7 de mayo de 1925 escuché un golpe y salí a la calle y corrí por las calles de Moscú donde la nieve iba a inundar las aceras durante tres años consecutivos y te busqué por todas las calles pero las calles estaban hechas de caballos amarillos y los que manejan las hoces no abren las puertas a los amantes de la desesperación. Me arrodillé y mis pies se hundían en la nieve y tu cadáver se hundía en la nieve y tus ojos eran tan hermosos llenos de nieve. Los hubiese matado a todos, hubiese matado a todos los bolcheviques, a todos los revolucionarios, a todos los proletarios a todos los miembros del partido. 



[Este texto es un juego. En realidad todos los textos lo son, pero éste quizá de forma más consciente. Empecé hace unos días. El juego consiste en escoger a un personaje y una canción o una pista musical. Durante el tiempo que dura la música, hay que escribir como si fuésemos ese personaje, como si estuviésemos dentro de su cerebro. Escribir sin pensar ni detenerse con la puntuación o la gramática. De la forma más automática posible. Cuando acaba la música, el texto no se puede volver a tocar. El de arriba es el primer texto que hice. Como personaje escogí a Dora, integrante del grupo terrorista al que pertenecía Boris Savinkov. Ya sé que he hablado de Savinkov hasta el cansancio, pero para la primera vez que hacía el experimento me resultaba fácil. Como pista musical escogí "Discipline", de Silent Servant]

sábado, 12 de julio de 2014

Saltos en el tiempo



El preciso instante en el que Jean Fleury, patrón de un barco hecho pedazos y navegante arruinado, se sienta en una taberna cualquiera de la costa de Jamaica para beber hasta perder el sentido y poderse olvidar de la ruina y la desesperación. En la mesa de al lado se van a sentar dos marinos que hacen su última escala antes de cruzar el Atlántico de vuelta a una Europa que se desangra en decenas de guerras por el poder político y religioso. El viaje es peligroso, y los marineros han entrado a la taberna para beber hasta desmayarse antes de tener que afrontar la travesía. Fleury aún no lo sabe, pero las escasas monedas que lleva en el bolsillo le impedirán emborracharse. Aún fresco, escuchará a los dos marinos contar a las prostitutas los tesoros que llevan en sus barcos. Cortés acaba de saquear el palacio de Montezuma y envía a Carlos V el botín obtenido para que en Europa pueda seguir corriendo la sangre. Sin embargo, como viene haciendo desde el principio, el conquistador oculta al monarca que ha fletado dos barcos más en los que manda a su familia una parte de las riquezas robadas. Fleury esperará pacientemente hasta que se haga de día, apurando una única copa de ron. Seguirá a los dos marinos con su barco y los asaltará el 20 de diciembre de 1522, cerca del Cabo de San Vicente. Además de riquezas inimaginables, en el barco están las cartas de navegación con las rutas que hacen los navíos españoles. Fleury todavía está en la taberna y no lo sabe, pero está a punto de convertirse en una leyenda de la piratería.




El preciso instante en el que un juez de Chicago condena a pasar un año en prisión a George Jackson, un joven de apenas dieciocho años que ha robado setenta dólares en una gasolinera. Jackson es pobre y negro y el tribunal se lo está haciendo pagar. El juez aún no lo sabe, pero el chico que tiene sentado delante comenzará a leer y escribir en la cárcel y en sus cartas relatará el régimen de terror que viven los presos negros en las cárceles de Estados Unidos. Cada tarde, se sentará delante de una hoja de papel y describirá las torturas, el aislamiento, la vigilancia constante, la violencia extrema y las humillaciones diarias a las que es sometido por parte de los carceleros. A partir de sus publicaciones, varios miembros de los Panteras Negras contactarán con él y Jackson se unirá al partido. El juez aún no lo sabe, pero Jackson no volverá a salir de prisión nunca más: el 21 de agosto de 1971, diez años después de la primera condena, será tiroteado por los carceleros en la prisión de San Quintín. El juez aún no lo sabe, pero tiene en sus manos la vida de ese chico de dieciocho años y no va a dudar en ayudar a apretar el gatillo. 



El preciso instante en el que Qiu Jin, escritora y miembro de varias conspiraciones para derrocar a la dinastía Qing, se sienta en una mesa de madera y escribe versos llenos de rabia y de dolor. Escribe "No me digas que las mujeres/ no están hechas de la madera de los héores./ Yo sola cabalgué sobre vientos/ en el mar del este durante trescientas mil millas." Escribe: "Avergonzada, no he hecho nada/ ninguna victoria en mi nombre./ Solo hice sudar a los caballos de la guerra." Qiu Jin aún no lo sabe, pero está a punto de dirigir una escuela para maestras en la que se entrenarán los cuadros que van a encabezar la revolución y que se convertirá en un símbolo de la insurrección contra la tiranía imperial. Qiu Jin aún no lo sabe, pero esa escuela será reducida a ruinas cuando la conspiración fracase, y entre las ruinas se oirán sus gritos durante días cuando sea salvajemente torturada. Qiu Jin aún no lo sabe y quizá no le importe, pero se levantarán estatuas en su honor y se llorará su nombre durante décadas.



[La referencia a Qiu Jin se la debo a Álex Portero, que incluyó su nombre en una de las mejores entradas de blog que he leído desde hace mucho: Memoria]

domingo, 6 de julio de 2014

Últimas lecturas: Walter Benjamin, Émil Cioran y Agota Kristof



Crítica de la violencia, Walter Benjamin (Biblioteca Nueva). Creo que la razón por la que más me gusta leer ensayo es porque me despeja la cabeza. Muchas veces me sucede que tengo una certeza sobre algo pero no me he detenido a pensarlo ordenadamente. Es como tener una especie de murmullo en el fondo del cerebro y no poder dejar de oírlo: intuyes lo que dice pero no acabas de entender las palabras exactas. Creo que eso es precisamente lo que hacen los buenos ensayos en mi cerebro: ayudarme a entender ese murmullo. Benjamin era una asignatura pendiente desde hacía un montón. Crítica de la violencia tiene apenas cien hojas, pero eso ha bastado para ayudarme a ordenar un montón de ideas que solo me daban vueltas en la cabeza como intuiciones. En concreto, por qué odiamos a la policía, por qué resulta tan insoportable su violencia y de dónde parte su legitimidad -o más bien, la falta de ella- en los distintos modelos de Estado. Sigo teniendo muchas deudas pendientes con Benjamin.





En las cimas de la desesperación, Émil Cioran (Tusquets). Supongo que En las cimas de la desesperación entra en la categoría de ensayo, pero me cuesta clasificarlo así. Quizá porque hay demasiado dolor, demasiada incredulidad, demasiada rabia. El efecto que ha producido Cioran en mí se parece mucho más al que me produce la poesía, que tiene que ver con introducir murmullos en mi cabeza mucho más que con aclararlos. Cioran hablándome al oído de los fuegos que le consumen, del dolor de despertarse cada mañana, de los abismos que todos llevamos dentro. En la introducción, el propio Cioran dice que escribió ese libro con veintidós años y que si no lo hubiese hecho seguramente se habría quitado la vida. No creo que la literatura sirva para nada, no creo que tenga ningún valor transformador ni que sirva para cambiar las cosas. Pero sí que estoy convencida de que es capaz de librarte de un montón de mierda. Quizá eso sea suficiente. 






Claus y Lucas. Agota Kristof (El Aleph).  El volumen que tengo -por lo que sé la última edición que se ha publicado en castellano-, incluye los tres libros que Agota Kristoff escribió sobre los dos hermanos que dan título al libro. Varias personas de las que me fío un montón lo tenían en sus listas de lecturas favoritas, así que me decidí a hacerme con uno. Solo un día después de haberlo terminado, me cuesta describir lo que ha supuesto Claus y Lucas para mí. Supongo que una forma sencilla de hacerlo es decir que a partir de ahora también estará entre mis diez lecturas favoritas, pero eso lo le hace justicia. Es uno de los libros más crueles y más terribles que he leído, pero sin duda también uno de los más hermosos. El primero de los libros que componen la trilogía, titulado "El gran cuaderno", es bello y retorcido y tortuoso y fascinante. Es un libro redondo, perfecto. De hecho, es tan perfecto que los otros dos libros casi resultan innecesarios. Son también hermosos, pero al lado del primero quedan casi deslucidos. Quizá porque en ellos los dos niños protagonistas ya han crecido y se pierde esa perspectiva aterradora de la infancia. Quizá porque hay mucho más de la historia de la propia Kristof en el primero que en los otros dos. 

martes, 1 de julio de 2014

El musgo es fresco y carece de memoria: "Animales de vidrio"



Hace casi un año, Almudena Vega me pidió que escribiese el prólogo para el poemario que iba a publicar. Escribir prólogos es de las cosas que más respeto me dan, porque me parece una responsabilidad tremenda. Tienes que introducir al lector en una obra que no es tuya, e inevitablemente, eso va a condicionar su lectura. A veces no sale del todo mal, pero hay muchas posibilidades de que no funcione. Quizá por eso la única opción es hablar de tu lectura personal, de cómo se te metió el libro dentro, de por qué acabaste sintiéndolo como algo tuyo. Al menos, esa es la única opción de la que yo me sentía capaz con el libro de Almudena delante. No voy a copiar el prólogo entero porque el post acabaría siendo demasiado largo, pero sí quería poner el fragmento en el que hablo de los efectos que tuvieron sobre mí los poemas de Almudena, desde el primero que leí y que está transcrito a continuación. Ahora los releo y me doy cuenta de que no me he recuperado.


Era todo lo frágil

Llevaba el pelo recogido con huesos de pájaro.
Señor, no llevaba vestido ni lazos
porque era un animal de vidrio.
Su collar era una arteria que goteaba,
era todo lo frágil, señor, sus manos
eran la levedad de la hoja. Sus zapatos eran
cortezas de abedules. Llevaba algo muerto entre sus 
brazos cuando me dijo:

Soy un mausoleo de mí misma. 


"Recuerdo la primera vez que leí Animales de vidrio. Era una tarde de invierno en Asturias, de esas en las que las paredes vegetales del valle se vuelven asfixiantes. Como si al caer la noche las plantas compitiesen con nosotros por el oxígeno y nos dejasen sin aire. Como si supieran que tememos los límites del bosque y no nos adentramos en ellos cuando llega la oscuridad. Recuerdo haber abierto el documento que me había llegado por correo electrónico y haber leído un único verso, el primero de los que componen el poemario. Y recuerdo el escalofrío, la sensación de vidrio recorriendo la nuca, el frío metálico del bisturí: Llevaba el pelo recogido con huesos de pájaro. Desde el primer verso supe de las autopsias que recorrían el poemario, de las manchas de humedad que lo llenaban. Y no me equivocaba.

Animales de vidrio está compuesto de poemas-vértebra. de versos cosidos unos a otros con suturas diminutas, como cicatrices invisibles que solo se perciben cuando se pasan los dedos por encima. Los poemas de Almudena tienen algo de vegetal porque las vértebras de la belleza están cubiertas de enredaderas: Mi rostro se consume en el tronco de algún árbol/ se arrastra el aire, desdentado y crudo, entre los huesos. Hay algo de vegetal pero también algo animal, algo que late y supura y está caliente. Algo que respira. Los versos de Animales de vidrio se me quedaron dentro desde el principio, pero quizá no eran esporas. Quizá eran insectos. Poemas-larva que crecen debajo de la piel. Quizá la belleza no sea más que un gran insecto. Un insecto con el caparazón duro y frío como el vidrio pero con las entrañas calientes como las de cualquier otro animal."




[El título del post es un verso de Jorge Reichmann que Almudena cita en su libro]


jueves, 26 de junio de 2014

Aceldama




 “No hay ciudades, hay ficciones urbanísticas. 
Habitamos en los simulacros de la habitabilidad” 
Pornograffiti, Jorge Fernández Gonzalo

 “La verdadera identidad de Londres está en su ausencia. 
Como ciudad, ya no existe. En esto solo es verdaderamente moderna:
 Londres fue la primera metrópolis en desaparecer.” 
London, Patrick Keiller.


1º hipótesis-Francisco J. Pérez como creador de dispositivos de autohipnosis.  


Aceldama concebido como un libro no para contar una historia, sino para generar efectos en los que lo leen. Aceldama como un dispositivo de autohipnosis. Aceldama como una sustancia psicoactiva. Aceldama como un artefacto dirigido a la programación neurolingüística de los lectores. Aceldama como una trampa. 

2º hipótesis- Francisco J Pérez como creador de ciudades que funcionan como entidades orgánicas

Aceldama como una entidad orgánica. Arquitectura como prótesis. Arquitectura como entidad viva generadora de flujos. La ciudad como una extensión hipertrofiada de sus habitantes. 

3º hipótesis- Francisco J. Pérez como creador de ciudades que funcionan como instituciones totales

Aceldama como un conjunto de estructuras protésicas que escudriñan los cuerpos, los inspeccionan y los interpretan. Aceldama como una institución total: en tanto que entidad orgánica, todo forma parte de Aceldama. No hay nada fuera de Aceldama. Aceldama como una institución total de la misma forma que el cuerpo es una institución total en lo que respecta a cada uno de las células que lo forman. No hay posibilidad de salir. No hay nada fuera. No se está dentro o fuera de Aceldama, se es Aceldama.

4º hipótesis- Francisco J. Pérez como creador de un tratado de psicogeografía extrema.

Aceldama como un tratado de psicogeografía extrema. Como un mapa psicótico de Barcelona. Aceldama como una guía de los abismos de Barcelona. De Barcelona como ente orgánico. Las ciudades no son lugares, son entes. Si dejamos de entender la ciudad como un lugar, tenemos que abandonar la idea de mapa y sustituirla por la radiografía, el escáner, la ecografía. Aceldama es el tratamiento orgánico de Barcelona. Aceldama es dejar de tratar a Barcelona como un lugar y empezar a tratarla como un organismo. Aceldama no es una distopía futura porque el futuro no existe. Barcelona es solo el nombre turístico de Aceldama. Aceldama no es una proyección distópica del futuro de Barcelona. Barcelona no existe fuera de las guías de viaje, de las noticias promocionales en los telediarios. Bienvenidos a Aceldama.