sábado, 21 de febrero de 2015

Crónica de los mecanismos invisibles que se desvelaron en la ciudad de Madrid





Nadie había podido prever el hundimiento de la ciudad. Ni los geógrafos que trazaban mapas del subsuelo según la disposición de las vísceras en los atlas de anatomía, ni los físicos que predecían las tormentas escuchando la música de las esferas celestes. Dos distritos enteros del centro de Madrid se hundieron en apenas unos minutos, produciendo una nube de polvo tan densa que los habitantes de la ciudad tuvieron que permanecer en sus casas durante cuatro días y cuatro noches. La mañana del quinto día se apresuraron a asomarse al enorme agujero que acababa de abrirse. Madrid se había convertido en un abismo.

Aquella misma mañana llegaron los funcionarios enviados por el Estado. Después de varios días en el fondo del agujero, llegaron a una conclusión irrefutable: el derrumbamiento era consecuencia de un sabotaje. Durante más de seis décadas, los miembros de una sociedad secreta cuya composición y estructura se desconocían habían realizado pequeñas excavaciones en la red de sótanos y catacumbas que dormía bajo la ciudad. Habían escogido cuidadosamente el lugar exacto de sus excavaciones, de forma que su labor pasase desapercibido hasta el momento del derrumbe. Según los informes de los funcionarios, a partir de la tercera década de excavaciones – que se calculó en torno al 2014-, éste podría haberse producido en cualquier momento. Durante las tres décadas siguientes, los miembros de la sociedad secreta habían cavado en medio de la incertidumbre, incapaces de predecir los resultados de su cuidadosa labor de sabotaje. Los informes estatales nunca lo dijeron, pero el sabotaje no era más que un acto de sincronía. Como todas las ciudades, Madrid contenía los abismos y las tormentas en su subsuelo. El derrumbamiento no era más que el ajuste de los mecanismos invisibles que permitían que, en ocasiones, las tormentas se desatasen y los abismos devorasen las ciudades.





[El relato ha sido publicado originalmente en la revista Skeimbol, que podéis ver AQUÍ. Echadle un vistazo porque es una maravilla]


martes, 10 de febrero de 2015

De las autopsias realizadas por William Harvey y John Hunter, que violaron la ley de dios y desvelaron la belleza oculta en el interior de las vísceras





William Harvey. Descubridor de los mecanismos que hacen circular la sangre por el interior del cuerpo, Harvey sabía que todos los secretos acaban por ser desvelados. También sabía que la belleza a veces adopta formas extrañas, que frecuentemente adquiere la forma de las vísceras y de los mapas, de los cuerpos que habitan el fondo de los estanques y de aquellos que recorren los caminos incansablemente hasta llegar a ciudades de lenguas y costumbres extrañas. Harvey había diseccionado cientos de animales hasta conseguir establecer la teoría de que el corazón era el órgano encargado de impulsar la sangre por el interior de venas y arterias, pero su teoría no estaba completa. Sabía que en el cuerpo humano el proceso era el mismo, pero necesitaba demostrarlo. En la Inglaterra del siglo XVII, las autopsias estaban prohibidas. Alteraban el orden de las cosas, la ley natural que establecía que las vísceras deben permanecer en el interior de los cuerpos, que no deben ser desveladas a los ojos de los hombres. Pero la práctica de la medicina requería cadáveres, y los estudiantes y médicos los robaban de los cementerios cuando caía la noche. Todos excepto Harvey, que detestaba excavar en la tierra, arrastrar cuerpos en medio de las sombras, manipular cadáveres desconocidos. Cuando por fin consiguió demostrar su teoría lo hizo con unos cuerpos que no necesitó robar de un cementerio: llevó a cabo con sus propias manos la autopsia de su padre y de su hermana. La belleza a veces adopta formas extrañas.


John Hunter. Ardiente defensor de la experimentación en la práctica de la medicina, Hunter había realizado decenas de autopsias. Todas ellas a cadáveres robados, cuerpos que diseccionaba en la oscuridad de su sótano, en mitad de la madrugada. Había pasado un siglo desde que Harvey estableciese su teoría de la circulación de la sangre, pero las autopsias seguían estando prohibidas. Dios seguía siendo egoísta, seguía guardando para él la belleza de la descomposición de los cuerpos. Hunter buscaba cadáveres con afecciones extrañas, deformados por la enfermedad, marcados por tumores y pústulas. Fue entonces cuando conoció a Charles Byrne, un famoso gigante irlandés enfermo de tuberculosis. Hunter ordenó a varios de sus criados que siguiesen a Byrne día y noche hasta que muriera. Ansiaba su cadáver, tener sobre su mesa de autopsias el extraño cuerpo del gigante, poder diseccionar sus órganos, analizar sus deformidades. Byrne se asustó por la persecución y puso en su testamento  que arrojaran su cadáver al mar cuando muriera. Hunter desembolsó una fortuna en sobornos a la empresa funeraria, pero logró su sueño: el cortejo fúnebre se detuvo en una taberna, como estaba pactado, y allí sacaron el cuerpo del ataúd y lo sustituyeron por un saco lleno de piedras. 

miércoles, 28 de enero de 2015

Prólogo a los diarios de Santa Gema





De todas las entradas que componen el diario de Gema Galgani, la del dieciocho de junio  de 1899 es probablemente la más hermosa de todas, pero también la más terrible. En ella Gema describe la aparición de las heridas que abrirán su piel y marcarán su cuerpo a partir de entonces. Dios le ha concedido el más atroz de todos los dones: la posesión de los estigmas. “Los bellos santos salvajes afilan sus dientes debajo de mi cama. Después salen y muerden mi piel con sus pequeños dientecitos. Puedo oírles susurrar sus oraciones pronunciadas en la lengua de los afiladores de guillotinas y las vendedoras de lámparas. Dios es hermoso como un carnicero adolescente.”- escribe Gema.

Apenas tiene veintitrés años, pero desde ese día los estigmas aparecerán en su cuerpo con mucha frecuencia. Al principio las heridas son pequeñas, arañazos de apenas dos o tres centímetros en las palmas de las manos y los empeines de los pies. Gema oculta con guantes las cicatrices, esconde las marcas a los ojos inquisitivos de la familia Giannini, con la que vive desde que quedó huérfana. Sin embargo, con el tiempo la situación empeora. Gema se sumerge en crisis cada vez más profundas, en abismos cada vez más oscuros. Cae en éxtasis que se prolongan durante horas. En medio de la alucinación y el delirio, es capaz de ver el futuro, de predecir la muerte. Febril y convulso, su cuerpo comienza a sudar sangre. Además de los signos de los clavos, aparecen las llagas de la flagelación. “Dios se divierte aplastando mi cuerpo a martillazos”, escribe Gema.

A pesar de los largos vestidos que la cubren es incapaz de esconder las heridas. Luca es un pueblo demasiado pequeño, y los vecinos murmuran detrás de las puertas. El temor se extiende en casa de los Giannini, que ven convulsionar el cuerpo de Gema en éxtasis luminosos y terribles. Deciden consultar con varios médicos, dejar que la ciencia ilumine los abismos en los que está sumida la joven. Pero las lámparas no alumbran el fondo de los estanques. Las pruebas y los diagnósticos se suceden, pero ninguno parece poder explicar lo que le ocurre a la joven. “Estúpidos, estúpidos, estúpidos”- escribe Gema- “No sabéis nada. No habéis entendido que el amor infinito es infinitamente doloroso. No se puede amar a un caimán sin ser mordido por sus dientes, imbéciles”.
El único consuelo de Gema es el ángel que se le aparece cada noche en medio de la oscuridad de su habitación. La primera vez que lo vio tenía apenas quince años. La enfermedad devoraba su cuerpo y cavaba túneles en su cerebro, pero aquel ser traía consigo la calma. “Es hermoso como una plaga de langostas” –escribe Gema-. “Como los locos que bailan en medio del incendio con las manos atadas a la espalda”.

Sin embargo, con el paso del tiempo el ángel se va volviendo cada vez más violento. Sentado en el borde de la cama, grita a Gema, la regaña por cada acto insignificante, le hace llorar de terror. “Mi ángel se ha convertido en un insecto gigante y terrible”, escribe Gema con diecisiete años. La visiones de aquel ser la acompañarán el resto de su vida. Leyendo sus diarios resulta difícil precisar el momento exacto en el que se da cuenta de que no podrá huir, de que está condenada a habitar el abismo. Quizá el 17 de enero de 1896, cuando aquel insecto alado y terrorífico le obliga a rechazar la petición de matrimonio y jurar voto de castidad. Quizá dos años más tarde, el 4 de abril de 1898, cuando el ángel le entrega la cuerda con la que mortificará la carne de su vientre, el látigo con el que se flagelará. Quizá en realidad el momento exacto no importe. Quizá siempre había sabido que no es posible escapar de los abismos que llevamos dentro.

En septiembre de 1901 comienza el periodo más oscuro en la vida de Gema. Su forma de escribir es cada vez más confusa. La realidad se le escapa entre los dedos. “Nada es tan importante como el dolor” –escribe- “porque conservará vuestras facciones  intactas en medio de la melancolía. Nada es tan importante como la melancolía, porque evitará que la escarcha destroce vuestras cosechas. Envenenad el agua de los pozos, los que conocemos la destrucción aseguraremos la pureza. Envenenad la sopa antes de poner la mesa, porque poner la mesa es la única forma de rezar que conocemos nosotros los melancólicos. La violencia es sagrada, esto debéis recordarlo. Aquello que no merece ser exterminado con violencia no merece existir. Recordad esto cuando agarréis por los cabellos a los insomnes y os zarandéis con la frente pálida por el peso de la culpa. Recordad esto cuando le cortéis los cabellos a un hombre moribundo. Recordad esto cuando los santos salvajes hayan devorado mi pecho”.

Febril y alucinada, Gema no es capaz de entender que la tuberculosis avanza por sus pulmones. Solo tiene veintitrés años, pero no vivirá mucho más. Debilitado por las numerosas enfermedades que ha padecido y por las constantes lesiones infringidas, su cuerpo se resiste a continuar viviendo. El 11 de abril de 1903 la enfermedad acabará definitivamente con su vida. La última entrada de su diario, fechada solo tres días antes de su muerte, resultará curiosamente profética. En medio de su delirio, Gema es capaz de percibir la proximidad de su fallecimiento: “Todos lloraréis sobre mi lecho y pondréis monedas debajo de mi lengua. Todos lloraréis sobre mi lecho y colocaréis nidos de luciérnagas sobre mi frente. Todos lloraréis sobre mi lecho y os amputaréis los dedos en señal de respeto. Arrojaréis mi cuerpo en medio de las cosechas, pero eso no os librará de la culpa. Os arrancaréis los cabellos con vuestras propias manos, pero eso no os librará de la culpa. Moriré bella y miserable y los mendigos trenzarán libélulas en mi cabello. Moriré bella y miserable y conoceréis las grandes máquinas de la tristeza. Mi muerte será hermosa pero vosotros nunca conoceréis otra cosa que el invierno”.

En 1940, treinta y siete años después de su muerte, el Papa Pío XII canonizará a Gema Galgani, que a partir de entonces será venerada como Santa Gema. En Madrid, en una iglesia de la calle Leizarán, se conserva una reliquia de la santa: en una pequeña urna de cristal todavía puede verse latir un pedazo de su corazón.




[Todos los datos que aparecen en el texto son reales. De hecho, Gema Galgani llegó incluso a escribir una breve autobiografía a petición de su confesor, Actualmente se conservan algunos fragmentos y es posible encontrarlos en la red. Se sabe que también tenía un diario en el que escribía regularmente, pero nunca se encontró]

jueves, 22 de enero de 2015

Una historia de traición

[Ejecución de miembros de Naradnoia Volia]




Vera Figner, miembro del comité ejecutivo de Naradnoia Volia está en su casa en la pequeña ciudad rusa de Karkov cuando recibe la terrible noticia: la imprenta clandestina de Odesa, responsable de la difusión de las ideas de la sociedad secreta, acaba de caer. Las pérdidas son incalculables. La policía no solo ha desmantelado toda posibilidad de continuar imprimiendo periódicos y panfletos, sino que además ha detenido a las cinco personas encargadas de las publicaciones. Después de años de actividad revolucionaria han sido muchos los compañeros detenidos y encarcelados, pero esta vez han caído camaradas fundamentales para la sociedad secreta, militantes que llevan años en la clandestinidad. Vera no teme la traición, pero sabe que las torturas de la policía secreta rusa pueden ser muy persuasivas.

Unos días más tarde, recibe una nota para que acuda con urgencia a uno de los pisos francos repartidos por Karkov. Cuando abre la puerta se encuentra con una de las pocas cosas que nunca podría haber imaginado: frente a ella está Degaiev, detenido en la operación que había desmantelado la imprenta. Su historia es algo confusa, pero Vera está demasiado emocionada para detenerse en los detalles. Cuenta que se ha escapado del coche en el que le trasladaban los gendarmes, que ha conseguido llegar a uno de los pisos francos de Odesa y de allí salir para Karkov gracias a sus contactos. Degaiev balbucea y se contradice, pero Vera le cree. Es uno de sus hombres de confianza, es a él al que le ha encargado la difusión de las publicaciones de la sociedad secreta, que permiten expandir las semillas de la tormenta en cientos de miles de mentes.

Degaiev se integra de nuevo a la actividad revolucionaria, pero no es el mismo. Está nervioso y pálido, con la cabeza en la otra parte. Hace muchas preguntas. Una tarde Vera no lo encuentra en casa al volver de una de las reuniones del comité. Tampoco va a dormir. Ella no se extraña, sabe que la militancia exige muchas noches en vela. A la mañana siguiente, el 10 de febrero de 1884, Vera es detenida cuando sale de casa. Inmediatamente es trasladada a la fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo, una de las cárceles más temibles del régimen zarista. Allí la golpearán y la torturarán durante dos días sin conseguir nada. El inspector decide cambiar de táctica. En su despacho enseña a Vera un informe manuscrito de más de cincuenta páginas. En él se describe toda la actividad de Naradnoia Volia, su organización interna, el funcionamiento de los distintos comités. Al final, en fichas individuales, hay decenas de datos de prácticamente todos los militantes que componen la organización. Vera se da cuenta de que todo está perdido. El inspector le da la vuelta al manuscrito y le muestra una firma: Degaiev.

La traición de Degaiv permitió la desarticulización de Naradnoia Volia, la organización revolucionaria responsable de decenas de atentados contra el régimen zarista. Nunca se supieron las razones. No se debía a la tortura después de la detención, el informe dejaba claro que Degaiev llevaba al menos dos años recogiendo datos e informando a la policía. Tampoco era un infiltrado, cuando comenzó a colaborar con la ojrana llevaba seis años de militancia en la organización, a la que había llegado por sus ideas. Seis años de convivencia, de amistad, de trabajo, de amores. Las consecuencias fueron desastrosas: prácticamente todos los miembros de la organización fueron detenidos, encarcelados, torturados, deportados a Siberia, condenados a trabajos forzados o ejecutados. Muchos de ellos se suicidaron durante la detención o en la cárcel. Vera Figner fue condenada a la horca pero su pena se conmutó por una cadena perpetua de trabajos forzados en la fortaleza de Schlüsserlburg. De Degaiev nunca se supo nada más. Su rastro se perdió para siempre la noche del 9 de febrero. 

sábado, 10 de enero de 2015

El único acto dadaísta posible es el incendio del Cabaret Voltaire

[El Cabaret Voltaire en 1916]



Estamos en 1916 y las armas químicas destrozan los pulmones de los soldados que combaten en el frente. Ese mismo año, el ejército alemán ha descubierto una nueva combinación de gas aún más letal que las que se habían usado hasta entonces, y las bajas se cuentan por miles. Las máscaras de gas no sirven. La mezcla de cloro y fosgeno que cae sobre las trincheras acaba filtrándose por las protecciones y alcanzando las vías respiratorias. Los soldados ni siquiera notan los síntomas al principio. Los efectos del gas tardan varias horas en manifestarse, así que siguen luchando ajenos a los abismos que han comenzado a abrirse en sus pulmones.


A unos kilómetros de allí, en Zürich, también se habita el abismo. El poeta alemán Hugo Ball acaba de abrir el Cabaret Voltaire, un antro sucio y oscuro situado en la parte superior de un teatro. Los clientes habituales son tarados, desertores, alcohólicos, adictos, enfermos, cobardes. Unos metros más abajo, en la misma calle, Vladimir Ulianov planea el asalto a los cielos, pero los conspiradores que se reúnen en el Cabaret Voltaire no están interesados en los cielos, sino en las alcantarillas. Ball decide reunir sus textos en una revista, una especie de antología del delirio capaz de escupir en la cara a una sociedad tan enferma como los soldados que se pudren con los pulmones llenos de gas. La revista tendrá el mismo nombre que el antro donde ha sido creada, y en ella aparecerá por primera vez la palabra “dadá” para referirse a ese escupitajo, a esa broma de mal gusto que será el movimiento dadaísta. Hugo Ball no lo sabe y seguramente ni siquiera le importe, pero acaba de inventar el dadaísmo.

El dueño del local acabará expulsando a los dadaístas solo unos meses más tarde, cuando se dé cuenta de que todos aquellos muertos de hambre ni siquiera tienen para pagar las consumiciones. El Cabaret Voltaire se convertirá en un restaurante barato para gente de mala vida, uno de esos locales donde no sé preguntan los ingredientes que llevan los platos. En los años treinta sus dueños lo decorarán como una casa de campo suiza en un intento por atraer a una clientela algo mejor, pero no servirá de nada. El Cabaret Voltaire nunca será otra cosa que un agujero húmedo y oscuro excavado en medio de Zürich. 

A finales de los años ochenta el local será finalmente abandonado. En las últimas dos décadas había sido una discoteca de mala fama, pero después de un tiempo sus dueños se cansarán de intentar mantener el negocio a flote. Durante los doce años siguientes permanecerá vacío, olvidado en medio de una ciudad que se apresuraba en destruir todos los túneles que llenaban su subsuelo y olvidar todas las conspiraciones que se habían urdido en sus sótanos. Por alguna razón nadie reparó en aquel antro que se caía a pedazos a causa de la humedd y el abandono. Sin embargo, en el invierno del 2002 alguien decidió abrir de nuevo el abismo. Un grupo de okupas derribaron la puerta del local y crearon un centro social que trataba de recuperar el espíritu provocador y burlón del dadaísmo. Durante más de tres meses se organizaron recitales, fiestas y proyecciones de cine similares a los que se habían hecho en el Cabaret Voltaire, aunque quizá el verdadero espíritu del dadaísmo estaba ya en el hecho de la okupación. Si dadá estaba en alguna parte era en la puerta destrozada del local, en las ruinas y los escombros colectivizados, en la burla al sistema legal, en los delitos que se estaban cometiendo.

Tres meses después el nuevo Cabaret Voltaire fue desalojado. Ese mismo año se convirtió en un museo del dadaísmo. El sistema había consumado la más cruel de sus violencias: convertirlo en parte de él. Ahora, diez años después y con cientos de visitas diarias, el dadaísmo solo puede ser homenajeado con un único acto: la reducción del Cabaret Voltaire a cenizas en el más hermoso de los incendios. 



[El Cabaret Voltaire hoy, convertido en museo del dadaísmo]

viernes, 26 de diciembre de 2014

Descubrimientos de este año




 [Unica Zürn]


No suelo leer novedades, así que no sé si este post tiene mucho sentido. Casi todos los libros que leo son de la biblioteca, y las novedades suelen tardar bastante en llegar allí. Cuando lo hacen, normalmente ya se me ha pasado el interés o se me han acumulado otros libros que me atraen más. Esto es lo que me pasó con Limónov, por ejemplo. La parte mala de leer casi por completo de la biblioteca es que no estás muy al tanto de lo que se está haciendo. En poesía da bastante asco, porque me molaría leer más de las novedades que se publican. La parte buena es que aprendes a leer mejor, o al menos a mí me ha servido para eso. Aprendes a seleccionar, a leer a los grandes, a guiarte por la intuición mucho más que por lo que te han comentado de un libro o las reseñas que has leído de él. De alguna manera con este post quería hacer eso, un recuento de los descubrimientos que he hecho este año.


Confesiones de una máscara, Yukio Mishima (El País). A Mishima le tenía pendiente desde hacía mucho tiempo y este año por fin me decidí a leerle. La experiencia fue dolorosa y cruel, pero también luminosa de alguna forma extraña. Supongo que como la vida de Mishima, como su muerte. 

El hombre jazmín, Unica Zürn (Siruela). Si tuviese que elegir un solo libro de este año, probablemente elegiría éste. Zürn me hizo pedazos la cabeza. Me costó mucho volver a recomponerlas después de ella, volver a leer algo que me hiciese querer saltar y llorar y bailar de nuevo. Acabé regalándolo, porque los libros así tienen que circular.

Edge of the Orison, Iain Sinclair (Penguin). El libro de Sinclair fue un regalo que me trajeron de Londres. Aquí Sinclair no está traducido todavía, pero yo había oído hablar mucho de él con el rollo de la psicogeografía, sobre todo de su libro London Orbital. Ha sido la lectura más especial del año por muchos motivos, pero sobre todo por cómo Sinclair consigue narrar la huida y la persecución del poeta John Clare, llevadas a cabo con decenas de años de distancia pero que en realidad suceden en un mismo momento.

En las cimas de la desesperación, Émil Cioran (Tusquets). El primer libro de Cioran, escrito con solo 23 años y en medio de una de sus muchas crisis personales. Este año he leído mucho a Cioran, pero este fue el libro que me permitió descubrirlo, el que me dio la clave. “Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.


 [Gonzalo Rojas]



Quedeshim quedeshoth, Gonzalo Rojas (Fondo de Cultura). El mejor libro de poesía que he leído este año, sin ninguna duda. En realidad es trampa, porque no lo cogí de la biblioteca. Fue un regalo de alguien a quien ni siquiera he visto en persona, pero que de alguna manera intuyó que yo debía tenerlo. Y no se imagina cuánto se lo agradezco. “Me enamoré de ti cuando llorabas/a tu novio, molido por la muerte,/ y eras como la estrella del terror/ que iluminaba el mundo”.

Poesía vertical, Roberto Juarroz (El País). El libro de Juarroz no lo tomé prestado de la biblioteca, lo compré de segunda mano en uno de los puestos que hay junto al Retiro, en la Cuesta de Moyano. Era el mes de junio y hacía un sol radiante. Tenía que hacer tiempo porque había quedado y era pronto, así que me puse a echar un vistazo al libro. Lo abrí por un poema en concreto, el que empieza con los versos más demoledores de todo el poemario: “El hombre es siempre/ el constructor de una cárcel./ Y no se conoce a un hombre/ hasta saber qué cárcel ha construido”. Recuerdo que lo leí tantas veces que llegué tarde a la cita. Me daba vergüenza decir el motivo, así que dije que me había equivocado en el metro. 

Claus y Lucas, Agota Kristof (El Aleph). Si Quedeshim quedeshoth ha sido el mejor poemario que he leído este año, Claus y Lucas ha sido sin duda la mejor novela. Una especie de fácula cruel llena de laberintos, de niños malvados que aprenden demasiado pronto cómo funciona el mundo de los adultos.

                                                                       [Robert Walser]


Diario de 1926, Robert Walser (La uña rota). De Walser supe mucho antes de su muerte que de su obra. Conocía el último lugar en el que había estado, el trayecto que había recorrido, el sitio exacto donde se había desplomado en medio de la nieve. Supongo que no significa nada, pero este año me ha pasado bastantes veces. También conocía el suicidio de Mishima, el internamiento en un centro psiquiátrico de Zürn, la deriva por París de un Cioran anciano y solitario.

Un hombre que duerme, Georges Perec (Impedimenta). A Perec le leí en un momento complicado, casi sin curro y sin nada de pasta, pero con decenas de dudas. Tardé mucho en devolver el libro a la biblioteca, porque no quería hacerlo. Es una de las peores cosas de leer de biblioteca, tener que devolver los libros. Me da muchísima envidia cuando veo las bibliotecas de la gente, yo solo tengo un par de estanterías. Unas semanas después volví a coger el libro y vi que se había prestado otra vez después de la mía. Me alegré de no habérmelo quedado.

Las ciudades invisibles, Italo Calvino (Siruela). Calvino ha sido mi último descubrimiento del año. Ha llegado en un diciembre complicado, sin luz en casa desde hace veintidós días. Pero la literatura siempre ha sido un refugio, incluso a oscuras. Lo he leído mientras dormía en casa de colegas, mientras llevaba de un lado a otro de Madrid mis cosas dependiendo del sitio donde me quedase, mientras recorría la red de metro cargada de maletas. Y menos mal. 
 
Poesía completa de Alberto Caeiro, Fernando Pessoa (DVD). A Pessoa lo leí en Lisboa, en un viaje de unos días que hice con mi hermano. Encontré el libro de DVD en una librería pequeña al lado de la catedral y decidí comprarlo. Era finales de agosto y Lisboa estaba radiante, con ese aspecto de ciudad en ruinas, de posguerra permanente. Hasta entonces no había leído nada de Pessoa, excepto un poema cuyos cuatros primeros versos habían estado escritos en la pared de mi casa durante mucho tiempo: “No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Ese poema en concreto no estaba en aquel libro, pero a cambio descubrí a Pessoa.