martes, 21 de octubre de 2014

De cómo los seres humanos nos acabaremos alimentando de insectos



La semana pasada tuve el mismo sueño durante tres noches. No es la primera vez que me sucede, hay sueños que he tenido en decenas de ocasiones, pero esta vez fue diferente. Hasta ahora nunca había tenido exactamente el mismo sueño, siempre había variaciones. A veces eran detalles que casi pasaban desapercidos y otras cambiaban fragmentos enteros. Como si estuvieses viendo una película en la que van a apareciendo personajes distintos o en la que cambia el final. Además, esta vez era la primera ocasión en que el sueño se me repetía tres noches seguidas. Normalmente pasan semanas entre uno y otro.

En el sueño, yo cuidaba una granja de saltamontes. Los saltamontes eran enormes, del tamaño de un perro grande, y todos los días tenía que sacarlos a pastar por el monte. Era difícil, porque a veces saltaban muy lejos y tenía que ir a buscarlos. El monte estaba lleno de maleza que tenía que ir atravesando, y el pelo y el vestido se me enganchaba constantemente en las zarzas. Volvía a la granja llena de arañazos y con el vestido roto cada noche. Después, encerraba a los saltamontes en un cobertizo y recogía los huevos, que era a lo que se dedicaba la granja. Los huevos eran perfectamente redondos, del tamaño de una pelota de tenis, y la gente los utilizaba para cocinarlos al horno.

El sueño se repitió exactamente igual durante tres noches. Un día de esa semana, no recuerdo cuál, hablé con mi hermano por teléfono. Le conté el sueño y acabó hablándome de teorías extrañas sobre cómo los humanos acabaremos alimentándonos de insectos porque son mucho más sostenibles que las vacas o los cerdos. Después supongo que hablamos de cualquier otra tontería y colgamos. Al día siguiente me volvió a llamar. Había soñado conmigo. En su sueño, yo volvía a casa con los brazos llenos de arañazos y el vestido hecho harapos. Le decía que teníamos que cambiar la granja de saltamontes porque se iban demasiado lejos. Que en su lugar deberíamos tener una granja de caracoles. 

lunes, 13 de octubre de 2014

De cuando me entrevistaron en Barnezine.com







[La entrevistá se publicó originalmente en el blog http://www.barnezine.com/. Le agradezco un montón a Íñigo su paciencia con mis confusas y erráticas respuestas. Ha sido un placer]



Hace unas semanas publicaste en tu blog (vidadeperrxs) un avance de tu próximo libro, ¿Cuándo saldrá? ¿Qué nos vamos a encontrar en él?

Saldrá seguramente a principios del año que viene. Es un libro que tardé mucho en cerrar, me costó un montón verlo acabado y le di un montón de vueltas. Una vez que lo acabé no sabía qué hacer con él, me daba la sensación de que dentro de mi cabeza tenía sentido pero fuera no. Mi cerebro funciona de forma muy caótica, me interesan un montón de temas pero no me puedo concentrar mucho tiempo en ellos, y no tengo ningún tipo de disciplina para profundizar en algo que no me interesa o me aburre. Supongo que lo que escribo refleja eso, así que en el libro hay influencias y referencias muy raras, desde la física cuántica a la alquimia pasando por la angeología o la vida de los santos de la tradición católica. Todo eso además pasado por mi propio filtro, claro, seleccionando lo que me interesa: por ejemplo, los aspectos sádicos de la vida de muchos santos, el componente desestabilizador de muchas teorías de la física cuántica, etc. Luego me di cuenta de que era muy estúpido por mi parte pensar que no tendría sentido fuera de mi cabeza. Primero porque estaba suponiendo que la gente no lo iba a entender y después porque tampoco creo que la ficción tenga por qué tener sentido. O, al menos, un único sentido. Así que lo envié a un par de editoriales que se habían interesado y finalmente se va a publicar.

¿La estructura será similar?
Lo estructuré en tres partes que contienen varios cuentos cortos. Los cuentos tienen sentido por sí mismos, pero forman parte de un todo. La idea era crear una especie de submundo, un lugar regido por normas muy diferentes a las nuestras y contar qué sucedía allí. Los cuentos son similares al que colgué en el blog, cada uno de un personaje de los que habitan ese submundo: la vendedora de lámparas, el enterrador, el relojero, el funcionario de manos pequeñas, la muchacha con el escarabajo atado a la muñeca…


Tu anterior trabajo, ‘El libro de la crueldad’, surge como una respuesta a una pregunta que te formulas en torno a la crueldad que habita en las personas. ¿Cuál ha sido la motivación esta vez?
Siempre me ha obsesionado la idea de los libros-artefacto. Algo así como textos que habían sido creados no solo para ser leídos, sino también para generar algún tipo de efecto. Con el libro anterior la idea era provocar un poco esa sensación de asco y horror que generan los actos de crueldad gratuitos, y con este la motivación tenía más que ver con los sueños, los efectos de las sustancias psicoactivas y los estados alterados de conciencia. No sé si lo he conseguido, pero se trataba de que la propia estructura del libro y la forma en que está escrito reprodujera un poco la sensación de estar en medio de un sueño o una alucinación.

Comentabas que algunas cosas que aparecen en ‘El libro de la crueldad’ se te hacen un poco lejanas, ¿a que te refieres?
“El libro de la crueldad” lo escribí hace tres años y supongo que en ese tiempo he cambiado. Hay cosas que ahora no incluiría o que modificaría o que al menos ya no siento parte de mí. No es que me arrepienta, estoy orgullosa de lo que escribí, pero algunas cosas se me hacen un poco ajenas. De todas formas creo que eso está bien. Al fin y al cabo, si siempre escribes igual es porque no has aprendido nada de lo que te ha pasado, de lo que has leído, de la gente que has conocido.


Viendo los textos que has ido publicando en tu blog (vidadeperrxs) no parece que hayas abandonado la crudeza, la visceralidad,… ni la capacidad de derribar muros que tienen tus palabras ¿Crees incluso que es un rasgo que ha podido acentuarse?
Acentuarse no creo, más bien al contrario. Quizá en el blog se nota menos porque es un curro más continuo, pero en los libros creo que hay una diferencia bastante grande, que en el segundo la violencia y la crudeza es mucho más latente que explícita y que hay bastante menos. De todas formas, cuando la gente me preguntaba en el libro anterior por qué escribía así, no sabía muy bien qué contestar. Al final llegué a la conclusión de que era una especie de defensa. Me cuesta mucho y me genera un montón de frustración y de rabia entender muchas de las cosas que pasan a mi alrededor, así que supongo que era una especie de manera de intentar procesar toda esa cantidad de violencia y de dominación que tenemos que tragar a diario.


Eres una persona implicada en asuntos sociales, políticos,… ponles el nombre que quieras. También has estudiado sexología y creo que has trabajado de esto. ¿En tu caso es posible separar al autor de la obra o estas características se reflejan en tus textos?
Creo que no es posible, que lo que escribimos tiene que ver con lo que somos y con nuestra forma de ver las cosas. No en el sentido de que escribamos panfletos con nuestras ideas, ese tipo de literatura no me interesa nada, pero sí que nuestra visión del mundo, nuestros intereses, nuestras filias y nuestras fobias están en lo que escribimos. A mí personalmente no me interesa la poesía social o política, por ejemplo. Entiendo que haya gente que disfrute leyéndola o escribiéndola, pero a mí por lo general no me dice nada. Yo no escribo ese tipo de poesía, pero en una serie de poemas con los que estoy ahora que están dedicados a personas que me han marcado por alguna razón, la mayoría están protagonizados por locos, visionarios, revolucionarios, atracadores de banco, marginados y terroristas. No son panfletos, no trato de vender ninguna idea o ninguna opción moral, pero está claro que mis intereses son esos.


Asesinatos, crímenes, cadáveres, transgresiones, filias sexuales,… son temas que se repiten en tus textos, como una obsesión. ¿Qué es lo que te atrae de todo esto? ¿Qué es lo que buscas?
No lo sé. Supongo que tiene que ver con la idea de que yo creo que todos somos capaces de los peores horrores, que solo necesitamos que se den las circunstancias adecuadas para que seamos capaces de torturar o de asesinar a alguien. Para algunos ese umbral está muy bajo y para otros muy alto, pero no creo que existan los “monstruos”, los seres completamente “anormales”. No creo que los genocidios o los crímenes de guerra, por ejemplo, sean producto de psicópatas o de enfermos. Son gente como nosotros, y eso es lo más terrible. Supongo que me obsesiona saber cuál es el límite, dónde está el resorte que nos hace ser capaces de torturar, de asesinar, de humillar, de violar. Al menos, me obsesiona saber cuál es mi resorte, cuál es la palanca que hay que tocar para convertirme en un monstruo. Me gustaría pensar “yo no haría eso”, “yo no sería capaz de llegar eso”, pero no lo creo. Me obsesiona bastante la idea de que yo sería capaz de las peores atrocidades si se diesen las circunstancias adecuadas.

Una de tus obsesiones es la serie ‘A dos metros bajo tierra’ a la que le dedicaste un texto en una antología. ¿Qué es lo que te atrajo de esta serie?
Supongo que empecé a verla porque trataba sobre un tanatorio y ese tipo de temas siempre me han gustado. Me he criado con mi abuela y los muertos eran algo muy presente en casa. Los familiares que se morían seguían estando presentes de muchas maneras: íbamos a limpiar las lápidas, a hablar con ellos al cementerio, había fotos de ellos en casa con velas encendidas, e incluso a mi abuela se le aparecían a veces. Si no les hacías caso, se podían enfadar y empezaban a apagar y encender las luces del cuarto de mi abuela. Mi familia es de un pueblo de la Alcarria y allí las historias de aparecidos eran muy frecuentes, así que la muerte no era algo a lo que temer ni algo que te separase del todo de las personas a las que querías. Supongo que por eso siempre me han atraído ese tipo de temas e imagino que empecé a verla así. Luego la serie era mucho más profunda y trataba sobre muchas otras cosas, pero imagino que lo que me atrajo para empezar a verla fue eso.


Otras antologías en las que has participado con tus textos son los dos números de ‘Presencia Humana’. ¿Cómo ves eso que llaman ‘Literatura Extraña’ y como te ves a ti ahí dentro?
Uf. No creo que esté dentro, si siquiera tengo muy claro qué significa exactamente. El rollo de la ciencia ficción y el new weird siempre me ha gustado, seguramente es el género que más he leído y el que empecé a leer más pronto, y además me he tragado todo Star Trek, Doctor Who, Battlestar, Stargate, Xfiles con Scully comiendo sándwichs mientras hacía autopsias... Así que supongo que todo eso está en lo que escribo, sea del género que sea. Respecto al género de la literatura extraña en sí mismo, creo que se están haciendo cosas que molan un montón. No tengo perspectiva para comparar, no sé si está mejor o peor que antes, pero hay muchos autores interesantes.

Has puesto en marcha junto a otro compañero una distribuidora de fanzines. ¿Con que objetivos nace?
Editar cosas que a nosotros nos gustan y que no encontramos en otros lados. Tanto Diego como yo hemos hecho fanzis desde siempre y somos amigos desde hace varios años, así que crear Antipersona era algo así como un paso lógico. Habíamos acumulado un montón de material, tanto propio como ajeno, y teníamos ganas de irlo sacando y de reeditar fanzis míticos que ya no se encuentran.


Tu, concretamente, aportas un fanzine que como tesis o idea principal mantiene que “los cuerpos asesinados no pertenecen a los familiares, sino al asesino. Que son una especie de producción del asesino, en la medida en que éste ha intervenido sobre ellos y ha creado algo distinto al original. Como una obra de arte”. ¿Podrías desarrollar un poco más esta idea y contarnos algo de el fanzine ‘Autopsia’?

"Autopsia" surge porque ahora mismo estoy escribiendo dos cosas relacionadas con los dispositivos de dominación que el sistema despliega en los cuerpos. Por un lado un ensayo que he recuperado a partir de mi tesina y por otro un artículo para un proyecto colectivo relacionado con el crimen de Alcasser. Mientras escribo esas dos cosas, que son mucho más académicas y que sí requieren cierta autodisciplina, me van surgiendo un montón de ideas que no caben en esos ensayos o que al final se quedan fuera. "Autopsia" nace de ahí. Para el ensayo comencé a investigar sobre los cuerpos muertos, sobre la idea de cadáver en nuestra sociedad: qué se hace con ellos, a quién pertenece, quién toma las decisiones sobre él... y pensé que, de alguna manera, un asesino se apropiaba del cuerpo porque lo tomaba y hacía con él algo distinto de lo que la persona habría querido, pero también de lo que el sistema tenía planeado. Un asesinato es una intervención sobre el cuerpo que cuestiona las intervenciones que hace el poder. De alguna forma, los asesinos usurpan al poder la capacidad de disciplinar esos cuerpos. Para tratar de mostrar esa idea, comencé a buscar documentos forenses de autopsias reales. La idea era demostrar hasta qué punto los cuerpos habían sido modificados por los asesinos, así que lo que contiene son documentos de autopsias reales ligeramente intervenidos por mí.





Hace poco he estado en Madrid y he podido comprobar que hay muchos fanzines, al menos comparando con Bilbao. ¿Podrías hacer una fotografía general?
Hay más que hace unos años, últimamente se están haciendo bastante más cosas. Por un lado siguen estando los fanzis políticos, que son simplemente textos para difundir determinadas ideas con una maquetación muy sencilla. Salvo algunas excepciones, son los mismos textos que hace décadas, muchos fotocopiados del tirón y ya está. Son los que se venden en el Rastro los domingos, en las distris de los centros sociales, en charlas y jornadas, etc. Por otro lado, están los de gente que se autoedita, generalmente del mundo de la ilustración. Suelen ser fanzis muy currados en cuanto a diseño y maquetación, pero que a mí personalmente no me suelen decir mucho. Hay excepciones, pero por lo general no me acaban de gustar, supongo que porque echo de menos más riesgo y más transgresión, una búsqueda más consciente de los límites, que para mí es lo interesante en algo tan underground como un fanzine. Además, suelen ser bastante caros. Es cierto que la calidad de la edición es la hostia casi siempre, pero tira para atrás que te pidan diez o quince pavos por un fanzine. Nuestra idea con Antipersona era hacer algo que estuviese a medio camino. No queríamos algo político en el sentido estricto del término porque la propaganda o la difusión de ideas no nos interesa y ya se está haciendo mucho de eso, pero tampoco queríamos algo que solo fuese diseño. La idea era currarse un poco la maquetación y el diseño con algún detalle pero sin que subiese mucho el precio y editando material que nos interesase y que no fuese lo de siempre.


Si quieres añadir algo más…





martes, 7 de octubre de 2014

Ver a la gente arder. Las cartas de amor de Bonnie y Clyde.


[Bonnie y Clyde, 1933]



En el año 2009 el FBI desclasificó el archivo que contenía la investigación que concluyó con el asesinato de Bonnie y Clyde a manos de la policía en mayo de 1934. En las casi mil páginas que contenía el documento no solo se incluían las pruebas y los indicios que la policía había ido acumulando a lo largo de casi dos años de persecución, sino también objetos personales encontrados en los registros domiciliarios. Entre ellos estaba una serie de fotografías en la que Bonnie y Clyde miraban a la cámara con actitud desafiante, elegantemente vestidos y posando con los revólveres y escopetas con los que realizaban sus atracos. Algunas de las fotografías habían sido filtradas a la prensa, pero otras nunca habían visto la luz. Una de ellas mostraba los cadáveres de los dos jóvenes tendidos en la mesa de autopsias, donde el forense extrajo más de cincuenta balas de cada cuerpo. 

Pero las fotografías no eran los documentos más curiosos que contenía el archivo. Entre todos aquellos papeles desclasificados se encontraba también la correspondencia que habían mantenido Bonnie y Clyde mientras él cumplía condena por un delito menor, al poco tiempo de conocerse. La policía las había encontrado entre las pertenencias que la pareja había tenido que abandonar en una de sus huidas, cuando el cerco de la policía se estrechaba cada vez más sobre ellos. Cuando Bonnie y Clyde fueron asesinados a tiros en una emboscada, la investigación se cerró y las cartas permanecieron como material clasificado, sin que nunca fueran filtradas a la prensa. 

El otro día di con ellas por casualidad y pude leerlas. Supongo que tiene que ver con cierta idealización romántica de la pareja que me había hecho, pero lo cierto es que las cartas me resultaron tremendamente aburridas. Bonnie solo repite tres o cuatro ideas, básicamente que se aburre, que ha visto a tal o cual familiar y que va a ir a ver a Clyde a la cárcel. En las de él hay algunos datos más de lo que hacen en prisión, de cómo se encuentra y de lo que echa de menos a Bonnie, pero poco más. Nada de pasión, nada de sexo, nada de amor. Cuando las comparo con las que intercambiaron James Joyce y Nora Barnacle, resultan especialmente llamativas. El escritor y su mujer siempre llevaron una vida bastante corriente, muy diferente a la carrera delictiva de Bonnie y Clyde. Sin embargo, sus cartas están llenas de prácticas sexuales extremas, de gustos sofisticados en la cama, de filias eróticas curiosas. Se nota que se desean, que les está matando la distancia, que echan de menos el cuerpo del otro. En las de Bonnie y Clyde no hay nada de eso. Supongo que la comparación con un escritor como Joyce no es justa, pero no se trata de la calidad literaria. Bonnie y Clyde parecen simplemente dos adolescentes aburridos que no paran de quejarse, mientras que Nora y James arden de fiebre el uno por el otro. Y a mí me gusta ver a la gente arder. 



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domingo, 5 de octubre de 2014

De cuando Eliphas Lévi predijo la llegada de las sombras




Londres, 1845. El ocultista francés Eliphas Lévi ha viajado a la ciudad inglesa guiado por un presentimiento que no puede quitarse de la cabeza. Desde hace meses, todas las señales indican que debe abandonar París y sumergirse en la tenebrosa Londres, deambular por sus callejones húmedos y oscuros, escuchar los susurros que abren las puertas de los infiernos. Nada más llegar, alquila un pequeño estudio en una buhardilla con las paredes llenas de manchas de moho, barata pero tan tenebrosa como sus presentimientos. No sabe por qué ha venido a Londres, pero sabe que debe estar atento, que los acontecimientos están a punto de precipitarse, que las sombras están a punto de desvelar sus secretos.


A los pocos días de su llegada, Lévi entra en contacto con los círculos rosacruces, cuyos miembros también han percibido la leve agitación de la materia que precede al caos más hermoso y salvaje. Conscientes de que Lévi tiene un importante papel que jugar, le han buscado por toda la ciudad, callejón tras callejón, susurro tras susurro. El francés es solo un estudioso, alguien que conoce las fuerzas ocultas que duermen en la ciudad por los textos revelados, pero nunca ha entrado en contacto directo con esas fuerzas. Hasta entonces. Alentado por los rosacruces, Lévi inicia una serie de invocaciones que cambiarán su vida para siempre. Aunque se negará a hablar de sus visiones, se sabe que en una de ellas contactó con Apolonio de Tiana, un matemático y místico griego fallecido siglos antes. La misión de la presencia es indicarle dónde se encuentra el Nyctamerion, un texto revelado que hasta entonces había permanecido escondido a la vista de los hombres. Tomando ese texto como referencia, Lévi elaborará uno de los libros ocultistas más importantes de todos los tiempos, Dogma y ritual de la alta magia

A partir de entonces las visiones de Lévi serán frecuentes. Aquejado de una enfermedad coronaria, el ocultista sufría desmayos que le llevaban a experimentar estados de trance. En esos estados será capaz de conocer las señales que anuncian los abismos, los murmullos que presagian la llegada de acontecimientos oscuros. Una de esas visiones será de París. En ella, Lévi verá la ciudad en medio de una fuerte tempestad que dejaba las calles llenas de cadáveres. Consciente de que París se sume en las sombras, decide volver definitivamente a su ciudad natal. Han pasado muchos años desde que la abandonó, y en todo ese tiempo solo ha hecho alguna visita temporal, apenas unas semanas. Cuando regresa, encuentra una ciudad llena de susurros, tomada por energías oscuras que conspiran en las sombras. Comienza a ganarse la vida dando clases particulares de cábala, pero en realidad espera. Espera a que lleguen los acontecimientos de sus visiones, a que se desate la tormenta que ha visto en sus estados de trance. 

No pasará mucho tiempo. Solo unos meses después de su llegada, un levantamiento popular declarará la Comuna de París. Agotada su única fuente de ingresos, Lévi vagará por la ciudad hambriento y desesperado, buscando señales del abismo. Sabe que queda poco tiempo, que las sombras están a punto de abatirse sobre la ciudad como una plaga de langostas. Encerrado en su pequeña buhardilla, verá llegar a las sombras, oirá los disparos, verá caer los cuerpos sobre la acera. Esas visiones, más terribles aún que las de sus estados de trance, le perseguirán toda la vida, produciéndolo fuertes dolores de cabeza. Morirá solo cuatro años después, sin que esos dolores le hayan abandonado nunca. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Divagaciones raras después de ver "Calígula", de Camus.





Leo bastante teatro, pero casi nunca voy a ver obras. En comparación con otras formas de ocio, no me parece que sea caro pagar entre 15 y 20 euros por ver a varios actores sudando sobre el escenario durante dos horas, pero para mí es cara cualquier cosa que sobrepase los cuatro euros. Cuando voy, generalmente es porque me invitan o porque he ahorrado durante semanas, así que elijo muy bien las obras. La semana pasada fui a ver "Calígula", de Albert Camus. En Madrid han coincidido dos obras de Camus casi a la vez en cartel. Una era ésta, la otra "Los justos". Si solo me hubiese guiado por el texto original, habría escogido la segunda sin ninguna duda. He sido tan pesada con Savinkov por aquí que creo que cualquiera que me haya leído alguna vez ya sabe lo que significa para mí, y "Los justos" es en gran medida la adaptación al teatro de los diarios de Savinkov. Sin embargo, al final no elegí esa. El montaje que se está representando en Madrid ha optado por trasladar la acción a los años setenta y hacer que los protagonistas sean miembros de ETA. Es decir, en lugar de un grupo nihilista de la Rusia de finales del XIX, los protagonistas de la obra son un comando etarra en plena Transición. Estoy hablando sin haber visto el montaje, pero de entrada la idea no me gusta. En general, me cuesta entender por qué modificar el texto original del autor, y en particular, tengo muchos prejuicios ideológicos con todo lo que está ambientado en la Transición. Salvo honrosas excepciones, me da la sensación de que no son más que intentos por apuntalar el anclaje democrático de un régimen construido a base de cadáveres, pero esa es otra historia. La versión de "Calígula" respetaba el texto íntegro del autor, así que me decidí por esa.

No sé muy bien cómo explicar lo que me pasa cuando voy al teatro. Es como una especie de trance, como uno de esos estados místicos. Me pasó con "Marat-Sade", con "Así es si así os parece", con "Un enemigo del pueblo", con "Esperando a Godot", con "Las criadas". No puedo apartar la vista del escenario. Es algo así como un estado de hipnosis. Cada vez que salgo de ver una de esas obras, tengo unas ganas brutales de escribir teatro. No creo que pueda haber nada comparable a ver algo que hayas escrito tú interpretado por actores de verdad, y siempre he creído que el teatro tiene mucha más potencia que el cine en muchos sentidos. Es como si la pantalla crease una distancia que no se puede salvar. Si alguna vez habéis visto un ahorcamiento o un fusilamiento en una obra de teatro, sabréis a qué me refiero. En el cine puedes meter todos los efectos especiales que quieras, simular la sangre, reproducir el crimen de forma casi perfecta. Pero no hay nada comparable a verlo en un teatro. A ver ahorcada a una persona real allí delante tuya, a solo unos metros. 

Después de la euforia inicial viene el pudor, la certeza de que nunca vas a poder escribir así. Supongo que saber eso deja cierta tristeza, pero en realidad no tiene la más mínima importancia. Camus ya escribió la obra que había que escribir. O al menos, la que yo necesitaba ver. 



"CALÍGULA. Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré, intendente..., cuando hayan salido los patricios. 

Los Patricios salen. 
Calígula se sienta junto a Cesonia.

CALÍGULA. Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios, todas las personas del  Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o grande, es exactamente lo  mismo— están obligados a desheredar a sus hijos y testar de inmediato a favor del Estado. 
EL INTENDENTE. Pero César... 
CALÍGULA. No te he concedido aún la palabra. Conforme a nuestras necesidades, haremos  morir a esos personajes siguiendo el orden de una lista establecida arbitrariamente.  Llegado el momento podremos modificar ese orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos. 
CESONIA (apartándose). ¿Qué te pasa? 
CALÍGULA (imperturbable). El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna  importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan culpables unos como otros. (Al intendente, con rudeza.) Ejecutarás esas órdenes sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche, en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos. 
EL INTENDENTE. César, no te das cuenta... 
CALÍGULA. Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la 
tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he  decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti."

viernes, 26 de septiembre de 2014

El nombre maldito de Nechayev

[Sergei Nechayev]



El 13 de mayo de 1881, un atentado terrorista acababa con la vida del zar Alejandro II. Los responsables eran miembros de la organización revolucionario Narodnaia Volia, un grupo de tendencia nihilista que había atentado contra el régimen en numerosas ocasiones desde su formación en 1879. Esta vez la acción había estado a punto de ser un desastre. La primera bomba, lanzada por un joven de aspecto frágil llamado Niko­lái Rysakov, apenas había dañado el carruaje en el que viajaba el zar, que había conseguido salir por su propio pie del vehículo. Rysakov había sido ­detenido de inmediato, pero antes de que los cosacos pudie­sen llevárselo para ha­cerlo ­­de­saparecer en alguna de las ­temibles cárceles zaristas, el joven había tenido tiempo de gritar algo a la multitud que se agolpaba en la calle para ver lo sucedido. Aquel grito funcionaba como una clave, una contraseña capaz de detonar artefactos y hacer saltar por los aires regímenes enteros. La segunda explosión no se hizo esperar. Ignati Grinevitski lanzó un paquete bomba que cayó al lado del zar, destrozándole las piernas. El monarca moriría desangrado unos minutos más tarde en su habitación del Palacio de Invierno. En res­puesta, el Esta­do se cobraría la vida de cinco miembros de Narodnaia Volia, que serían condenados y ejecutados a principios de abril. Sin embargo, la oleada represiva emprendida por el zarismo no conseguiría acabar con el terrorismo revolucionario, que se extendía cada vez con más fuerza por todo el país. Un ejército de terroristas, anarquistas, nihilistas y conspiradores profesionales miraba atentamente los planos de las ciudades buscando puntos débiles en el trazado de sus calles, lugares susceptibles de albergar bombas, rincones oscuros que escapasen al control de la policía. Las conspiraciones se sucedían una tras otra. Las ciudades se habían convertido en una trampa para los poderosos.

La organización Narodnaia Volia suponía la culminación de un movimiento que se mantendría hasta la caída del régimen, pero que había comenzado 20 años antes, con un acontecimiento que mostraba las tormentas que estaban a punto de desatarse. En noviembre de 1869 el cuerpo de Ivan Iva­novich, un estudiante de medicina conocido por su compromiso político, era encontrado en el fondo de un estanque situado en las afueras de Moscú. El cadáver tenía un agujero de bala en la frente y los bolsillos llenos de piedras para que se hundiese con más facilidad. La policía inició una investigación que daría resultados sólo cuatro días más tarde. El responsable del crimen era Sergéi Nechayev, un joven de aspecto desaliñado que lideraba una pequeña organización de tendencia nihilista llamada Narodnaia Rasprava, la Justicia del Pueblo. La noticia conmocionó a la sociedad rusa, que vivía ajena a la realidad que ahora salía a la luz. En los sótanos y los callejones de las ciudades, decenas de jóvenes nihilistas conspiraban para acabar con el poder. Traían consigo la pólvora y la tormenta.

Antes de ser detenido, Ne­chayev consiguió abandonar Rusia con un pasaporte falso y llegar a Ginebra, donde contactó con Bakunin. El anarquista tenía 55 años y el cuerpo lleno de las cicatrices que dejan las barricadas, la cárcel y el exilio, pero aquel joven de apenas 20 años consiguió impresionarle. Nechayev era el ángel de la revolución, la señal que anunciaba la llegada de una nueva generación de revolucionarios con los bolsillos llenos de casquillos de bala. En el pequeño apartamento en el que vivía Bakunin, Nechayev escribió uno de los manifiestos políticos más violentos y amorales de todos los tiempos: El catecismo revolucionario. El texto contenía un conjunto de recomendaciones sobre cómo debía ser la vida y la estrategia de los militantes, pero era mucho más que eso. Aquel manuscrito era el cuerpo teórico de una nueva doctrina, el libro fundacional de una sociedad secreta de hombres y mujeres malditos que estaban dispuestos a sembrar el terror entre los poderosos. A esa sociedad secreta pertenecerían los miembros de Narodnaia Volia, pero también muchos otros antes y después de ellos. A todos se les podía reconocer por la mirada de rabia y las manchas de pólvora en el abrigo.
Seis meses después de su llegada, Nechayev decidió regresar a Rusia con una identidad falsa. El siguiente paso era poner en marcha la organización que debía llevar a la práctica aquellas ideas, desatar la tormenta, sembrar el terror.
Sin embargo, antes de abandonar la ciudad robó de casa de Bakunin y Herzen numerosa documentación que podía hacer peligrar la vida de ambos si caía en manos de la policía. Con ello Nechayev no solo conseguía documentos que podían servirle como salvoconducto en los círculos revolucionarios, sino también información con la que poder extorsionarles en caso de que las cosas no sucediesen como estaban previstas.
La traición resultó muy dolorosa para Bakunin, que había establecido un vínculo con Nechayev que iba mucho más allá de la simple afinidad política. El viejo revolucionario no sólo había sido influenciado por la visión de la violencia de Nechayev, mucho más inmediata que la del anarquista, sino que también se había sentido fascinado por aquel joven de aspecto hipnótico. Había visto en él la promesa de una tormenta capaz de hacer saltar por los aires los mecanismos de dominación.
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Nechayev había exagerado conscientemente las informaciones que había transmitido a Bakunin sobre la situación de Rusia. El país no estaba al borde de la insurrección ni el joven nihilista lideraba ninguna organización masiva. Nechayev no había hecho más que inventar una historia que pudiese impresionar al revolucionario y le permitiese conseguir sus objetivos. Al fin y al cabo, los medios no eran más que otro nombre que darle a los fines.
A partir de la difusión de su texto, el nombre de Nechayev sería una palabra temida por los poderosos y maldecida por la Historia, capaz de inspirar terror y desatar el pánico. El nihilista pasaría sus últimos ­días en prisión, pero su nombre seguiría siendo susurrado mucho después de su muerte. Como recoge la edición de La Felguera a través de la correspondencia que acompaña al texto de El catecismo revolucionario, ese nombre no sólo obsesionaría a un Bakunin que seguiría hablando de él durante años, sino también a figuras como Dostoyevski, para el que los jóvenes nihilistas no eran más que una “piara de cerdos”. Ese nombre seguía funcionando como una clave, como una contraseña capaz de conjurar el terror y despertar a los demonios. Como un artefacto explosivo.



[artículo publicado originalmente en la edición impresa del periódico Diagonal y en la web. Enlace AQUÍ]