domingo, 13 de abril de 2014

De lo que le dije a Jules Bonnot cuando vi su cuerpo abatido entre las ruinas


[Jules Bonnot, 1876-1912]


"La belleza es el comienzo de lo terrible"
Rainer Maria Rilke


Recuerdo la primera vez que te vi, Jules.

Eras tan hermoso
que en tu pecho cabalgaban decenas de caballos,
que a tu paso los ejércitos de mendigos
abandonaban las ciencias salvajes,
que los soldados adolescentes
enfermaban de nostalgia.
Eras tan hermoso
que los suplicantes acaballan sus ruegos,
que los sacerdotes incendiaban sus iglesias
y sacrificaban a sus dioses en holocausto.

Quien nunca haya sido asesinado
no puede hablar de las ejecuciones
cometidas en nombre del invierno
ni de los atentados terroristas
que habitan el interior de las orquídeas
ni de las explosiones celestes
que escupen los cañones de las pistolas.

Pero nosotros
hemos sido asesinados cientos de veces, Jules,
y los que hemos pernoctado entre las rosas
nos reconocemos unos a otros.

Me bastó una mirada para saber
de la oscuridad que escondían tus pupilas,
de la violencia que mecía tus noches,
de la destrucción que habitaba tu lecho.

Me bastó una mirada para desearte
el más hermoso de todos los sacrificios,
la más terrible de todas las bellezas.

Me bastó una mirada para recordar
todas y cada una de tus muertes,
para saber que moríriás también entre mis brazos
y que nunca serías perdonado.



[A Jules Bonnot, atracador de bancos, pistolero, mecánico, chófer, líder de una banda de salteadores y pionero en huir en automóvil de los lugares que atracaba. Murió en el cerco policial de la vivienda donde se refugió, después de aguantar un asedio de dos días. Para vencerle, la policía tuvo que derribar el edifico con bombas de mano]

sábado, 5 de abril de 2014

Seguir el rastro de un asesino





"Estamos todos condenados. Lo importante es salir dando un gran portazo, lo suficientemente fuerte como para que el estruendo quede grabado en la memoria de la Humanidad"
 Boris Savinkov


Continúo buscando el rastro de Savinkov. A medida que avanzo en su vida, la pista se hace cada vez más dificil de seguir. Como si Savinkov se fuese sumergiendo cada vez más en las tinieblas. Como si él mismo se estuviese conviertiendo en un personaje cada vez más oscuro. El Savinkov de "El caballo amarillo" es un revolucionario convencido, un asesino implaclabe, un terrorista que cree profundamente en la necesidad de la violencia. Pero es también alguien con un gran sentido del humor, una carisma enorme y una inteligencia brillante. Alguien que duda de sus acciones, que piensa en las posibles víctimas, que se pregunta por la validez de sus convicciones. Un hombre enamorado de una mujer que no tendrá jamás pero a la que continúa regalando flores.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, Savinkov se vuelve mucho más oscuro. En "El caballo negro", el diario que recoge la última parte de su vida, no hay apenas rastro del humor ni del carisma de Savinkov. Solo queda el asesino, el estratega, el militar. Savinkov ni siquiera es ya un revolucionario. Entre un libro y otro ha tenido lugar la Revolución de Octubre y ha podido comprobar lo que ya sabía, que el poder tiene el mismo rostro en todas partes. Su vida será una lucha desesperada contra toda forma de poder, primero contra el zarismo y después contra el comunismo. En medio de la guerra civil que asola Rusia, Savinkov no tiene bando. La milicia que lidera se opone a los bolcheviques, pero también a los terratenientes. No hay alianzas posibles. Está rodeado de enemigos.

A medida que avanza, el libro se va volviendo cada vez más confuso. Savinkov balbucea. Sabe que no va a vivir mucho tiempo, pero va a vender cara su muerte. La última parte es la más extraña. Escrita en la prisión de la Lubianka, Savinkov decide abandonar el formato de diario y escribir un relato. Deja la primera persona y el tono autobiográfico. Ya no es él. Savinkov se sumerge en las sombras.

[Fani Kaplán]

A partir de ahí, el único rastro que queda es lo que otros han dicho o escrito sobre él, lo que sabemos por otras personas. Navegando por la red, vuelvo a encontrar el hilo. Se vuelven a ajustar los mecanismos que permiten las sincronicidades. El 30 de agosto de 1918, Lenin acababa de pronunciar un discurso en una fabrica de armamento de Moscú. A la salida, una mujer llamada Fani Kaplán le dispara tres balas. Una le atraviesa el abrigo, la segunda le impacta en el hombro y la tercera le perfora el pulmón izquierdo. La pistola que utiliza Kaplán pertenece a Boris Savinkov.

Sigo tirando del hilo y encuentro lo que otros han dicho sobre él. A veces simplemente frases sueltas, pero las suficientes para continuar la búsqueda. Apollinaire le llamaba "nuestro amigo el asesino". Anna Ajmátova dijo que era "extrañamente tierno y bello". Somerset Maugham que era "el hombre más extraordinario que jamás he conocido". Lenin que era "un burgués con una bomba en el bolsillo". Quizá fue todas esas cosas. Quizá ninguna de ellas.

lunes, 31 de marzo de 2014

algo así como un homenaje a Miguel Hernández




El sábado pasado fue el aniversario de la muerte de Miguel Hernández. No tenía pensado escribir nada, porque por lo general no me suelen gustar este tipo de celebraciones. Me da la sensación de que solo sirven para utilizar al muerto y justificar algo con lo que esa persona ni siquiera tendría por qué estar de acuerdo. Con Hernández esperaba algo así, el típico reportaje con una visión manipulada y despolitizada de su vida y de su obra. Pero ni eso. No salió en ningún sitio, ni siquiera una breve mención. Nada. Eso me hizo pensar que quizá lo malo no era recordar la fecha exacta en la que murió, sino cómo hacerlo. Si los medios de comunicación no tienen ningún interés en Miguel Hernández es que entonces su muerte merece ser recordada por quienes no prentendemos utilizarlo para justificar nada. Por quienes seguimos sintiendo esa sensación de vértigo delante de sus poemas, a pesar de haberlos leído decenas de veces. 

Para mí Miguel Hernández significa muchas cosas. He elegido dos, pero podrían ser otras. 

Mi padre. Mi padre se sacó el graduado escolar de adulto, yendo a una escuela nocturna después de trabajar diez horas en una planta de reciclaje. Recuerdo verle hacer los deberes, yo debía de tener unos ocho o nueve años. Para la clase de lengua le dieron una lista de lecturas, y él eligió "Viento del pueblo". Hasta ese momento en mi casa no había muchos libros, pero a partir de entonces mi padre se convirtió en un buen lector. Se hizo el carné de la biblioteca y me lo hizo a mí. Lo primero que sacó fue el primer tomo de "El señor de los anillos", y disfrutó como un niño. Se leyó todo lo que había de Tolkien y se compró los libros, que pasaron a ocupar el lugar de honor de la estantería, junto al de Miguel Hernández. Para mí entonces la poesía no tenía ningún interés, me gustaban mucho más los resúmenes que mi padre me hacía de "El señor de los anillos". Pero con diecisiete años cogí "Viento del pueblo" de la estantería. Estaba subrayado en varios colores y anotado por todos lados. Había exclamaciones, flechas, palabras circuladas, citas, frases escritas por los márgenes. Entonces comprendí lo que había significado aquel libro para mi padre. Lo leí aquella misma noche. Fue la segunda vez que lloré con un libro. La primera había sido con "Los santos inocentes", que era la historia de mi abuelo. Pero aquella era la historia de mi padre. Y lo entendí.

Mi primera casa. Me fui de casa a los diecinueve años. Trabajaba en una biblioteca media jornada, pero aquella era un piso familiar, así que podía permitírmelo. Yo solo tenía que pagar las facturas y la comida, pero no el alquiler. Me divertí mucho en aquella casa. Venían muchos amigos y se quedaba a dormir mucha gente, casi nunca estaba sola. Hacíamos ciclos de cine freak, jugábamos a la consola hasta que se nos desprendían las retinas y discutíamos de política durante horas. Una noche no había nadie y me puse a pintar las paredes. En un lateral del salón escribí los cuatro primeros versos de "Viento del pueblo", que llevaban obsesionándome dos años. Durante todo el tiempo que viví en aquella casa los veía cada día y siempre me hacían sonreír. Curiosamente, encima de la puerta de entrada al salón escribí unos versos de Octavio Paz, del que hoy se celebran cien años de su nacimiento: "Pensamientos en guerra/ quieren romper mi frente". Hoy esos versos me persiguen más que los de Hernández, pero esa es otra historia.

lunes, 24 de marzo de 2014

De cómo el Gran Panópotico se convirtió en el lugar donde todo estaba permitido



Ayer fue un día extraño. Como si hubiese habido un fallo en algún lugar del engranaje. Como si ese día no tuviese que existir. La sensación era similar a cuando adelantan o atrasan la hora y de repente hay unos minutos que no deberían estar ahí. Era incapaz de concentrarme en nada, así que decidí salir a dar una vuelta. Desde que volví a Madrid lo hago mucho. Salgo a dar vueltas por la ciudad, a deambular de un lado para otro sin ningún objetivo concreto. No voy a ningún sitio, simplemente ando. Cuando me canso, doy media vuelta. Si no sé dónde estoy, entro al metro y dejo que me escupa de nuevo en un lugar conocido. 

Ayer bajé andando al metro de Aluche y torcí a la derecha. Es un camino que he hecho cientos de veces, porque era el que llevaba a la cárcel de Carabanchel. Cuando era adolescente entrábamos muchas veces en el recinto. Por aquel entonces ya estaba en ruinas y nosotros contribuíamos a su destrucción lanzando piedras contra los cristales y destrozando a patadas los pocos muebles que quedaban. Por las noches la prisión bullía de actividad. Grupos organizados que recogían chatarra, mendigos que dormían en las celdas, chavales que hacían pintadas. Las enormes ruinas de la prisión atraían a todos los deshechos de la ciudad, a todos los habitantes de las alcantarillas, a todos los que se arrastran por los callejones. Éramos una especie de ejército surgido de las cloacas, de milicia desorganizada y caótica. 





Los que pasaban por delante del recinto de día no podían adivinar las posibilidades que contenían aquellas ruinas. No sabían que Hakim, que dormía allí cada noche, había matado a varios soldados franceses en la guerra de Argelia. Que mi amigo Javi estrenó allí sus DocMartens de punta de acero intentando romper una puerta metálica que nunca cedió. Que una vez estuve a punto de caer desde una altura de tres pisos porque cedió una barandilla oxidada en la que me apoyé. Que las pintadas que los presos habían dejado en las celdas te partían el corazón. Los que veían aquellas ruinas por el día no eran capaces de percibir que aquellos escombros eran mucho más que unos simples escombros. Por el día dormían, pero cuando oscurecía  aquellas ruinas desprendían una energía vibrante y atrayente que nos hacía volver allí cada noche. Era un vórtice, una brecha en la geografía psíquica de la ciudad.

Durante años, aquellos edificios habían funcionado como el Gran Panóptico, como el modelo absoluto de arquitectura del control, como el plano que permitía entender el funcionamiento de La Máquina en su conjunto. Aquella cárcel era el corazón del sistema, el engranaje clave, el mapa que contenía todos los mapas. El resto de La Máquina estaba hecha a imagen y semejanza de aquel edificio. Por aquel entonces, la cárcel también desprendía energía, pero de un tipo muy distinto. Era una energía siniestra, llena de sufrimiento y de dolor, que te obligaba a alejarte de ella todo lo posible. Bastaba pasar junto a su puerta para percibir la oscuridad que desprendía. Pero cuando dejó se usarse como prisión, la energía cambió. La rueda comenzó a moverse en la dirección contraria. El vórtice dejó de expulsar energía y empezó a atraerla. De ser el lugar donde la ley se imponía con toda su crueldad, pasó a ser el lugar donde no había ninguna ley. De ser el lugar de la regulación extrema, pasó a ser el lugar donde no había ninguna regla. De ser el lugar del control absoluto, pasó a ser el lugar de la libertad absoluta. El edificio había sido tomado por ejércitos de deliencuentas, vándalos y mendigos. Todo estaba permitido.

El edificio era una anomalía, una ruptura de la normalidad. La Máquina acabó detectándola y eliminándola. El día 23 de octubre de 2008 decenas de excavadoras iniciaron los trabajos de demolición. Hoy los solares siguen vacíos. Mientras, a escasos metros de allí, se construía un nuevo vórtice destinado a contaminar la ciudad con su energía repleta de dolor y sufrimiento, el CIE de Aluche. También pasé por delante en mi paseo de ayer. Y no pude evitar un escalofrío cuando vi su pirámide de colores que parecía girar.


lunes, 17 de marzo de 2014

registro de sueños del 7 de febrero al 16 de marzo



[Nicolas Bruno, de su trabajo sobre la parálisis del sueño]



7 de febrero

Estoy tumbada en el fondo de un río. La corriente me balancea suavemente, pero tampoco me lleva, porque estoy sujeta con una especie de hilos verdes que salen de la arena que tengo debajo. Apenas puedo moverme y me da miedo respirar, aunque pasan los minutos y tampoco me ahogo. Estoy atrapada y siento verdadero terror. A pesar de que tengo varios metros de agua por encima de mí, sé dónde estoy. Me he bañado muchas veces en ese río. No sé cuánto tiempo pasa, pero mi terror no hace más que aumentar. De repente, veo el cuerpo de alguien que se está bañando en el río, justo encima de mí. Intento gritar, pero el agua amortigua los sonidos. Lucho por liberar el brazo derecho de los hilos y consigo romper algunos de ellos, los suficientes para alzar el brazo e intentar agarrar el tobillo del bañista. Me despierto cuando le estoy rozando con la punta de los dedos.


8 de febrero

Sueño con el chico del jersey gris, uno de mis sueños más recurrentes junto con el de la trinchera en el que me pongo las botas de un muerto. Los sueños con él siempre tienen algo de inquietante y esta vez no es una excepción. El chico va vestido como siempre, con su jersey de rombos y sus pantalones de pana. También lleva el mismo corte de pelo de siempre, como sacado de algún momento de mediados de los setenta. Esta vez estamos en una sala de paredes blancas, como un hospital o un centro de salud. Llevo puesto una de esas batas blancas de los enfermos y tengo el pelo suelto. Él está a unos metros de mí, haciéndome fotografías. Estoy nerviosa y no puedo quedarme quieta, así que él deja la cámara a un lado y me grita que me esté quieta con una voz muy enfadada. Cuando me despierto estoy completamente rígida y me duele todo el cuerpo.


9 de febrero

Estoy en un supermercado enorme. Empujo un carro por pasillos interminables, todos vacíos. No encuentro la salida y cada vez me voy angustiando más. doy vueltas y vueltas, pero todos los pasillos me parecen iguales. Me da la sensación de que estoy andando en círculos, porque siempre veo los mismos productos.




24 de febrero

Ian Curtis empieza a cantar, y de repente una cascada enorme de agua inunda Madrid entero. Mucha gente se ahoga, pero yo consigo salir a la superficie. La corriente me ha arrastrado hasta Plaza de España, donde encuentro la cornisa de un edificio a la que poder subirme. A mis pies todo está inundado, pero la música de Curtis sigue sonando, como uno de esos extraños hums que se graban por la noche en las ciudades.
 



12 de marzo

Tengo la piel llena de tatuajes. Todos son de insectos enormes y preciosos. En el gemelo derecho tengo un escarabajo y en el izquierdo una mantis religiosa. En la espalda tengo un saltamontes y una libélula. El pecho lo tengo lleno de polillas gigantes. En los brazos tengo insectos extraños, ya extinguidos. Los tatuajes son tan realistas que la gente se aparta hasta que se da cuenta de que solo son dibujos. Siento latir a los insectos debajo de la piel, pero es una sensación agradable. Como si me protegiesen.


16 de marzo

Sueño con mi perro. Se sube a la cama donde estoy durmiendo y se echa sobre mis pies. Nunca le dejaba hacer eso porque pesaba demasiado y lo manchaba todo, pero en el sueño me resulta agradable. Me despierto en mitad de la noche y me da la sensación de que todavía siento el peso en los pies durante un buen rato. 

jueves, 13 de marzo de 2014

el instante preciso antes de que todo cambiase

[Gabriele D´Anunzio]


El instante preciso en el que Gabriele D´Annunzio, poeta alucinado, canalla y héroe de la Primera Guerra Mundial, abre a patadas las puertas del cementerio de Venecia. Está a punto de forzar la cerradura del osario, sacar varias calaveras humanas y oficiar un rito de magia negra. Necesita la protección que los muertos puedes proporcionar, la suerte que se esconde en el interior de los huesos. Unos días después marchará a la conquista de la ciudad yugoslava de Fiume con un ejército de aventureros y canallas como él, aburrido ante la perspectiva de la vida monótona que se le viene encima después de haber regresado triunfante del infierno de las trincheras. Aún no sabe que logrará conquistar la ciudad, que los espíritus convocados aquel día le protegerán durante años y que él les rendirá culto el resto de su vida. Hasta que un día esa suerte se acabe. Benito Mussolinni, capaz de convocar también a las oscuras fuerzas que residen en el interior de los hombres, ordenará que le arrojen desde un balcón, temeroso de las dudas que están empezando a ensombrecer el rostro de D´Annunzio, hasta entonces devoto fiel de los ritos fascistas.


[Arthur Conan Doyle]


El instante preciso en el que Arthur Conan Doyle decide contratar como chófer a un joven francés de aspecto serio y mirada desafiante llamado Jules Bonnot. El joven acaba de llegar a Londres y apenas habla inglés, pero tiene un brillo de determinación en la mirada que Doyle sabe apreciar. El escritor no sabe que Bonnot ha tenido que abandonar Francia porque está incluido en todas las listas negras que manejan los patrones y nadie le da trabajo, pero sabe que no es quien dice ser. Doyle es capaz de percibir el brillo de interés en la mirada de Bonnot cuando habla de política, la leve agitación de su rostro cuando el chófer lee la prensa. Lo que no sabe todavía es que dentro de unos años Bonnot se convertirá en el atracador de bancos más famoso del mundo, que será el primero en utilizar el coche para huir después de los robos, que la policía le perseguirá sin descanso pero él será más rápido.


[Agustín Rueda]



El instante preciso en que Agustín Rueda, militante libertario nacido en una chabola de la colonia minera de Sallent, en Barcelona, termina el túnel con el que planea escapar de la cárcel de Carabanchel. Agustín solo tiene veinticinco años, pero ya sabe que no le dejarán salir vivo de aquella prisión si no es él mismo el que se escapa. Lo que no sabe es que los carceleros están a punto de descubrir el túnel, que los días siguientes será torturado sin descanso por los funcionarios, que la Transición va a hacerse sobre los cadáveres de cientos de militantes y sindicalistas. No sabe que nunca le dejarán salir, que aquellas palizas van a costarle la vida, pero también que su muerte encenderá la lucha en las prisiones y que esa lucha será feroz, como todas las que libran los animales enjaulados.



[Lucy Parsons]

El instante preciso en el que Lucy González ve por primera vez a Albert Parsons, un ex soldado que cojeaba por el tiro en la pierna que acababa de recibir y que estaba amenazado por defender el derecho al voto para los negros. El instante en el que se enamoran y deciden marcharse a Chicago, donde los matrimonios interraciales no están prohibidos y los movimientos revolucionarios conspiran en cada esquina. Lo que Lucy no sabe es que la felicidad no durará para siempre, que Albert será detenido y ejecutado junto con otros cuatro anarquistas por luchar por la jornada laboral de ocho horas, que su ejecución será la causa de que el 1 de mayo se fije como el día de los trabajadores. Tampoco sabe que ella luchará el resto de su larga vida, que será feliz, que se convertirá en el un referente del movimiento feminista y en una figura clave de las luchas obreras en Estados Unidos. Que morirá con ochenta y nueve años y una sonrisa enorme en el rostro.